lunes, 4 de junio de 2012

Soy yo

Esa ciudad era como cualquier otra, con sus azoteas, sus farolas estropeadas, sus decibelios, sus despedidas.
Encontré mujeres que cosían almas y hombres de traje con calcetines de colores. Había maniquíes tristes y me entristeció la felicidad artificial de los niños que salen en los anuncios de colegios privados. Allí convivían pacíficamente la alergia al polen y la inútil longevidad de las flores de plástico. Descubrí que el sueños y los sueños viajan en transporte público. Era una ciudad llena de miradas perdidas y de firmas ilegibles.
Ciudad de nadie y de tantos. Y de tontos. Recuerdos impregnados en asfalto, que se borran en pasos de cebra y se ahogan en buzones amarillos. Personas que te hacen reír y llorar a partes desiguales. Y amor en besos cortos y días largos con besos sin amor. Bibliotecas vacías, exámenes sin corregir. Vuelos cancelados, noches en aeropuertos. Gente que vive rápido y muere muy lentamente. Mentiras piadosas. Una ciudad cualquiera con conversaciones incómodas en los ascensores y despertadores que van adelantados. Cinco minutos más. Cajas de cartón y pies fríos en las tardes de agosto. Abrigos de piel y dinero blanco que se aspira a través de billetes de veinte. Y veinteañeros con canas y sin ganas. Cristales empañados y vísceras en una televisión.

Y no es una ciudad cualquiera. Soy parte de ella. Es parte de mí.

La cristalización de las esperanzas pisadas

Las ilusiones son de cristal. Son frágiles, delicadas. Transparentes.
Y se rompen. Se rompen con facilidad, se hacen cachitos pequeños.
Una ilusión puede durar mucho tiempo en pie, pero en algún momento puede desvanecerse. Se cae, se raja, se rompe. Y en ese momento puedes hacer dos cosas: quedarte mirando o intentar pegar los trozos, pero nunca quedará igual, y será cada vez más débil, más feo, más vulnerable.
En realidad también hay otra opción, seguir adelante. Y para seguir adelante tienes que tienes que pisar los trozos de cristal. Y lo tienes que hacer descalzo.