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Soy la escritora de mi única novela.

domingo, 29 de abril de 2012

Lánzate


Si eliges hacerlo, puedes fracasar, puedes resultar dañado en el intento, puede que nada salga como esperabas. Es posible que el camino no sea fácil y nadie te asegura que exista un camino. Pero lo habrás hecho, no tienes de qué arrepentirte.

En cambio, si no lo haces, jamás sabrás lo que pudo haber sido, nunca podrás experimentar la gloria del éxito, ni podrás aprender de cada fallo, ni levantarte después  de cada caída hasta que aprendes a caer con estilo, o a evitar caer.


Si se ve el final del camino antes de empezar a andarlo, lo que haya al otro lado no será muy interesante... 


"Hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes". La Guerra de las Galaxias

lunes, 9 de abril de 2012

De tormenta en tormenta

Yo jamás me he arrepentido de nada. Puede parecer egoísta, puedo pecar de soberbia, pero tiene una sencilla explicación: no me arrepiento de nada porque siempre que hago algo, hay un momento, aunque sea una décima de segundo, que pienso que hacerlo es la mejor opción. Y aunque después sepa que no era la mejor opción, de todo se puede aprender y sacar algo positivo. Y arrepentirse es totalmente inútil. Sólo con que alguno de mis actos me enseñe que no lo tengo que hacer jamás, ya me ha aportado algo positivo. Y como dijo Boccaccio, "Vale más actuar exponiéndose a arrepentirse de ello, que arrepentirse de no haber hecho nada".
Pues bien, ahora tengo algún que otro arrepentimiento y todo porque no encuentro el momento en que decidí que hacerlo era la opción correcta. Puede que sea por mi inestabilidad psíquica o por mis impulsos irracionales, pero sería demasiado fácil disculparse con eso. Podría echar la culpa a Murphy o a el karma, pero no, yo solita me lo busqué. Y me arrepiento, pero arrepentirse sigue sin servir de nada. Como la mayoría de las cosas que hago últimamente. 
Y es que el buen camino es tan difícil de encontrar y tan fácil de perder... Y si hay que sacar algo de eso, es que al tocar fondo, sólo queda una opción: ascender. Y al bajar tan rápido, puede que incluso el impulso para subir sea mayor, porque no puedo seguir bajando. 
Ahora sé lo que quiero. Sé lo que necesito. Demasiado tarde. Pero nunca es demasiado tarde para unos buenos motivos. 
No me gusta repetirme, pero mi consuelo es éste: "Las tormentas hacen que los árboles echen raíces más profundas", de Dolly Parton.

viernes, 2 de marzo de 2012

Los recreos de marzo

La sonrisa de la libertad, los alumnos que quieren dejar de ser alumnos unos minutos para seguir siendo niños.
Las profesoras que avanzan deprisa por el patio del colegio, evitando ser alcanzadas por un balón y esquivando la inocencia que desprenden esos monstruitos hiperactivos y mocosos con cada palabra.

Un helicóptero atraviesa el cielo nublado y los niños, mirando arriba con la boca abierta, sólo quieren ver el balón que pasa por encima de sus cabezas y acaba en una portería sin red. Y el helicóptero, ofendido por esa indiferencia, sale del cielo del recreo despacio, sin hacer ruido. No como salen los más pequeños, que corren con sus abrigos agitándose al aire, a modo de capa, sujetados a ellos sólo por la capucha, gritando que son superhéroes. Y salvarán al mundo.



En cada recreo
Como en los amores
Quieren vivir deprisa
Como pasa en las canciones.

Las niñas con coletas
Los niños con balones
Las manchas de barro
Los moratones.

El contagio de piojos
El miedo a los sermones
Las tortugas en las metas
Las pegatinas de colores.

Los bocadillos de nocilla
Hacer de papel aviones
Las caídas en las combas
Y sus chichones.

Los patines y las muñecas
Y las demás ilusiones
Los llantos y las piruletas
Que evitan todos los dolores.

Bendita inocencia
Sin malas intenciones
Crecen con prudencia
No quieren ser mayores.


"El futuro del mundo pende del aliento de los niños que van a la escuela." El Talmud

domingo, 29 de enero de 2012

Hoy me he enamorado



Es lo primero en lo que se han parado mis ojos cuando entré a la estación de autobuses esta tarde. No podía ser. Hace casi un año coincidimos por amigos comunes en una fiesta, y mi memoria, con el tiempo, había convertido la indiferencia recíproca de ese día en algo mucho más misterioso. Y el hecho de que le viera de vez en cuando, a lo lejos, por los pasillos de la facultad, había dado lugar a cierta obsesión con él en mi subconsciente. Lástima que él no tuviera la más remota idea de quién era yo.


Precisamente ayer vi las fotos de la primera y única noche que compartimos, en la que parecía que queríamos obviar la presencia del otro. Y, por supuesto, él lo hizo. Pero su presencia no podía pasar desapercibida así como así. Justo ayer vi esas fotos, qué casualidad. Justo ayer y hoy me lo encuentro allí sentado, escribiendo en una pequeña libreta azul. Sonrío. Son el tipo de casualidades que te alegran el día.


Compro el billete y espero sentada en un banco detrás de él, aprovechando los últimos minutos que me había regalado el destino para contemplarle. Los ojos más azules del mundo, rubísimo, barbita de tres días (Oh Dios mío, tenía que tener esa barbita...), camisa de cuadros y esa sonrisa de medio lado que se te queda cuando piensas mucho tiempo en el resultado de una división. Ni se inmuta. Sumergido en tu libreta, no para de escribir con un bic azul. Me muero de curiosidad por saber qué le tiene atrapado en ese papel.


Voy a subir al autobús, le echo una última mirada para guardar ese fotograma de realidad en mi memoria por un largo tiempo, pero no está. Había desaparecido y la cola avanzaba delante de mí, así que se me quita la sonrisa por un momento y monto en el autobús, intentando retomar los pensamientos con los que había ido hasta allí.


Me pongo los cascos, reproducción aleatoria, hoy me someto al antojo del azar, definitivamente. Mientras, imagino cómo será mi compañero de asiento... apuesto todo a "viejecita adorable con ganas de conversación", nunca falla. Pues esta vez no, hoy gana la banca. No tenía mucha pinta de viejecita, aunque sí de adorable y, desgraciadamente, no se le veía con muchas ganas de conversación. Era él, de nuevo. Increíble.


Y yo no podía esconder esa sonrisa de imbécil, así que me limité a mirar por la ventana... El sol del atardecer en su cara, sus palabras escritas en el cuaderno azul se reflejaban en los cristales de sus gafas. Y sus ojos brillaban con  luz propia. Habría habido mil temas de conversación disponibles para ese momento, y aún más habiendo compartido una noche de fiesta y la misma carrera, pero yo era incapaz de dirigirle la palabra. Soy idiota. 


Con lo fácil que hubiera sido decirle: "Hola, tú no te acuerdas, pero ya nos presentaron. Me he fijado en ti, creo que tienes una sonrisa preciosa y unos ojos increíbles. Me gustaría pasar una noche contigo y, si todo sale bien, no tendría inconveniente en quererte el resto de mi vida."


Pero no, soy imbécil. Sólo intercambiamos tres frases, una mirada y dos sonrisas. Sin embargo, para mí una sonrisa suya fue suficiente. De momento.


Porque él todavía no lo sabe, pero es el hombre de mi vida.

domingo, 22 de enero de 2012

Grandes

Tengo el placer de presentaros al grupo que toca corazón y música a partes iguales.
Sube el volumen, relájate, cierra los ojos, sonríe.
Ellas harán el resto. 


http://www.youtube.com/watch?v=NkWAkKnJHV4


http://www.youtube.com/watch?v=J0N8j8C1AH8


http://www.youtube.com/watch?v=wK7EQtpZv0c


Y lo mejor de Bambikina... es vivir con ellas.

miércoles, 4 de enero de 2012

Noselocuentesanadie

Hay una persona, una entre un millón, una entre todos los habitantes de este jodido planeta, que no sé qué lugar ocupa en mi vida. Pero sé que ocupa casi todos los rincones oscuros de mi cabeza.

Un día, éramos sólo dos sobre la faz de la tierra y la temperatura podía derretir el febrero más frío. No había nada entre nosotros: la piel. No había citas, sólo proposiciones indecentes; no había explicaciones, ni necesidad de explicar nada; no había preguntas, sólo respuestas; no había sentido, ni ganas de buscarlo; no había sentimientos,… ¿o sí?

 Y hoy, de la noche a la mañana, con más mañanas que noches desgraciadamente, todo se enfrió, estamos a millones de kilómetros bajo cero. No sé exactamente por qué, ni cómo, ni si va a seguir siendo así el resto de nuestras vidas. Antes no éramos nada y ahora sólo somos una cosa: cobardes.

Lo peor de todo es que tenemos fingir que nunca pasó nada y que seguimos siendo los mismos. Pero ni somos los mismos ni… bueno, quizá nunca pasó nada. Otra vez cayendo en la intención de engañar al corazón con otra dulce mentira.

Nos tomamos tan en serio eso de que nadie se enterara, que ni siquiera nosotros mismos nos hemos enterado de lo que fuimos, ni de lo que somos y, por supuesto, no tenemos ni puta idea de lo que seremos.

Antes nos mirábamos tan profundamente a los ojos que podíamos vernos por dentro, ahora no podemos mirarnos por miedo a vernos las vísceras, incluido el corazón. Otro nuevo cambio de carril, evitando coincidir con tu mirada perdida. Y es que ahora evitarte y esquivar tus miradas son mi única rutina.

Podría cambiar las cosas con unas palabras, pero por no caer en el riesgo de cambiarlas a peor, el silencio está destrozándome por dentro. Y está claro que a peor no puede ir, pero no tengo valor para decirte que aún sigo aquí, olvidándome de ti un par de veces al día.