lunes, 26 de diciembre de 2011

miércoles, 14 de diciembre de 2011

La mirada de la gente que conspira

Si nos caracterizamos por algo, es por no permanecer indiferentes ante la mirada de la gente que conspira.

La mayoría de ellos desfallece en intentos desesperados por cubrir su alma de personalidad artificial y de medias verdades, pero llega un momento en la vida en que hay que quitarse esos trapos descoloridos de encima y enfrentarse al mundo de la mejor manera que te dejan sus habitantes.

Y hoy por hoy, la música es casi lo único que no ha sido manchado de hipocresía y de malos pensamientos. La música permanece pura a pesar de esos absurdos intentos de atentar contra ella. Es lo único a lo que nos queda aferrarnos. Es lo único de lo que podemos cubrirnos. ¿Nunca habéis sentido que la música se escucha mejor cuando estas desnudo? Comprobadlo, no hay mejor remedio para olvidar el error de la inmortalidad.

Y no nos mires así, que ahora somos nosotras las que hemos empezado una conspiración.

sábado, 3 de diciembre de 2011

Ojos de niña para toda la vida

Me desperté un día y, de repente, era mayor. De la noche a la mañana tenía 19 años y alguna que otra responsabilidad.

He comprobado que para sobrevivir económicamente se necesita algo más que las vueltas de la compra de mi madre. Ya no quepo por la puerta pequeña de Imaginarium, si leo libros con más imágenes que palabras, está mal visto y coleccionar pegatinas que vienen en chicles rosas es la menor de mis preocupaciones. He cambiado el carnet del Club Megatrix por el carnet de conducir y las mañanas con suggus de los domingos por las noches con ron de los sábados.

Y lo peor de todo: no estoy del todo segura de que el cambio hay sido a mejor.

Dónde quedó la varicela, las ceras blandas, las rodillas y los codos llenos de heridas, los berretes, los pomperos,los furbys,los boomers, los ruedines…

Hace algunos años, no conseguía entender a las personas mayores. Y ahora que se supone que soy mayor, había empezado a sentir que no me entendía. Me niego rotundamente a ser una persona mayor.

Pero como eso, desgraciadamente, no está en mi mano, llevo la inocencia debajo de la piel, donde todo el mundo debería llevarla. Tengo en el alma pintado un cachito de infancia, una porción de ingenuidad. Pero eso es sólo la superficie, porque “lo esencial es invisible a los ojos”.

Si no te estremeces ante el dibujo de una serpiente boa que digiere un elefante y, además, piensas que es un sombrero… Lo siento, pero tengo que darte una terrible noticia: te has convertido irremediablemente en una persona mayor.



miércoles, 30 de noviembre de 2011

V.O.

¿Por qué nadie se ha molestado en hacer una canción que pueda sonar en una de esas noches en las que nos escapamos del mundo real?
Malditas canciones sin argumento, malditas notas vacías que llenan momentos de cómodo silencio. 
Y benditos momentos sin banda sonora, que se recordarán por las miradas de primer plano y no por la música que suene a lo lejos.
No necesitamos una canción para que nuestros momentos sean escenas de una película perfecta, porque en nuestro caso, somos los protagonistas los que decidimos el guión.

sábado, 26 de noviembre de 2011

viernes, 11 de noviembre de 2011

Como la niña de los fósforos

Salir a la calle, en pleno mes de enero con ese vestido que estrenaste una noche de julio que marcó el resto de tu vida. Y descalza, para sentir en los pies algo más real que el zapatito de cristal que sueles llevar cuando cierras los ojos tan fuerte que parece que se olvidan los recuerdos. Pero no se olvidan.
Y respirar. Respirar profundamente otra cosa que no sea su aliento, que llena tus pulmones y el resto de tus vísceras. Te tirita el alma. Se te empañan las pupilas. Se te escarcha el olor de su piel.
Pero nada, el corazón no se vuelve tan frío como el suyo. Es imposible, él es de hielo.
Y el fuego te consume por dentro, mientras que tu piel está a 13 grados bajo cero.
Nunca antes un estornudo fue el punto y final de una historia de amor.
Como la niña de los fósforos. Pero vendiendo cachitos de amor usado.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Epitafio de un anochecer

Y el mundo se vuelve a parar
y él, delante del espejo
se vuelve a encontrar
más loco de que atar
y un poco más viejo.

A veces se plantea huir
dejar el alma en busca y captura.
Porque le da miedo seguir
ni siquiera sabe distinguir
un roto de una ruptura.

Curando con alcohol las heridas 
anestesia para el corazón
recordó las metas cumplidas
en las tardes que creía perdidas
aunque los recuerdos pesen más que la ilusión.



Y poco después
piensa que tenía que haberse ido
ese día que no paró de llover
aquí le quedaba poco que hacer
pero morir no es una prueba de haber vivido.

Cuando ya no queda ningún dolor
y las penas que quedan se esconden
escribe su anochecer en La menor
porque a alguien se le ha caído el sol
y ahora empieza a incendiarse el horizonte.

...y además se incendia el corazón.

Entre tantas miradas



Conozco tu risa, tu sentido del humor, la manera en la que te muerdes los labios cuando estás nervioso y el leve tartamudeo después de un piropo. Conozco tu opinión sobre casi todo, conozco tu cara de vestir y la de estar por casa. Conozco tu pasión por el color rojo y tu odio a los semáforos en ámbar intermitente. Sé distinguir tu olor del de otros que lleven la misma colonia. Conozco cada poro de tu piel y cada palabra que alguna vez ha salido por tu boca. Y conozco bien tu boca. Puedo reconocer tu mirada entre otras tres mil. Conozco hasta algún que otro secreto inconfesable. E incluso conozco la canción con la que un día lloraste.

Pero no te conozco.

No tengo ni la menor idea de quién eres.

Ni de lo que soy para ti.



Conocerte es más difícil que dejar de quererte.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Punto y coma cierro paréntesis

Un giño puede cambiar el ritmo de las cosas tanto como cambia un corazón después de un “pues yo no”. Y el guiño que lo cambió todo fue el de la chica de la trenza roja. En uno de esos días en los que cualquiera tiene derecho a maldecir el transporte público, ella estaba sentada en el vagón escuchando una canción que sólo tenía 3 acordes y veinticinco frases inconexas; le gustan las cosas fáciles. Y cuando la música habla de algo parecido al amor, ella guiña el ojo al chico que, tras una barba, oculta sus ganas de llorar porque su típico amor no correspondido no ha sabido ver que es el hombre más increíblemente perfecto que existe de las estrellas para abajo. Él fuerza una sonrisa de complicidad preguntándose por qué esos ojos verdes se cierran por alguien a quien apenas conoce. Ella se levanta y se acerca mientras nota como las pupilas de su inocente víctima se dilatan en menos tiempo de lo que dura el último latido de un amante.
Las oportunidades son como los trenes; si pierdes una, pasa otra cada 4 minutos.
- ¿Quieres casarte conmigo?
- ¿Perdón?
- No tienes por qué disculparte.
- No sé de qué me hablas.
- ¿Estás intentando ligar conmigo?
- No, en absoluto.
- Pues deberías.
- Creo que me confundes con otro tipo de persona.
- ¿Eres el chico de barba a quién he guiñado el ojo en el metro?
- Sí, soy yo.
- Entonces no me estoy confundiendo.
- ¿Quién eres?
- Te quiero.
- Estás loca.
- Apuesto lo que quieres a que soy la primera loca con la que te tomarías un café.
- Esta vez has ganado, pero te advierto que en la cena del viernes haremos una apuesta que ganaré yo.
- Me muero de ganas por contemplar una segunda derrota.
- ¿Quieres verme sufrir?
- Quiero verte todos los días de mi vida.

martes, 13 de septiembre de 2011

Triscaidecafobia

Y otra vez martes 13, con sus supersticiones y sus supersticiosos, con la excusa perfecta para los torpes, con los gatos negros y los espejos rotos, con los cruces de dedos y los ojos cerrados.


Y yo aquí, con mis dudas, con mis amuletos y con mis viajes.
Y con mis trece letras...






Y ahora, la suerte está echada.

"La superstición es la religión de las mentes débiles." Edmund Burke

viernes, 2 de septiembre de 2011

Voy a contarte un secreto...

Días largos, besos guarros, se funden sin control
Encontrarnos en la azotea y bajar los 34 pisos de este hotel desgastándonos en el ascensor. 
Salir a correr sin soltarnos la mano. 
Volar
Beberme la noche en tu boca, comerme Madrid en tu piel. 
Ver amanecer desnudos en el balcón. 
Un chupito de ron.
 Allí donde os juntáis tú y los otros siete pecados capitales.
Explotar en posición vertical. 
Recordar eso que nos volvió a hacer un nudo en la garganta. Olvidarlo con los ojos cerrados, enredados como auriculares en el bolsillo.
 Y todavía sin dormir, buscar estaño para soldarnos. 
En el coche, hasta empañar el espejo retrovisor. 
Mordisco en el cuello, pelos de punta. 
Abandonarnos en la profundidad de las sábanas donde se terminan las discusiones y empieza la guerra, una guerra en la que los dos bandos salen ganando. 
Estremecerse ante una caricia en la espalda y seguir sudando hasta perder el conocimiento.

Hasta perder el conocimiento...

miércoles, 13 de julio de 2011

El libro de Sofía

<La novela líder de los noventa, otra obra maestra de Leonardo Bucay>, leía melancólico.
Habían pasado ya once años desde que titulares como ese inundaran las portadas de todos los periódicos, pero de eso ya sólo le quedaban los recuerdos. Ahora, cada párrafo que Leonardo escribía le parecía estar sacado de un concurso escolar de narraciones breves, ningún tema estaba a la altura después de sus anteriores éxitos y ya casi no quedaban editoriales dispuestas a leer ni un solo borrador que saliera de su pluma.
Estaba consternado, no quería seguir viviendo así. Cada vez se venía abajo con más frecuencia y para combatir el fracaso optó por la vía fácil, el mundo de los antidepresivos y del alcohol.
Con aspecto descuidado, ojeras, barba de una semana y las marcas que sus cuarenta años de edad había dejado en su rostro, recorría las calles desiertas de madrugada, buscando un bar abierto donde encontrar la inspiración en el fondo de una copa. Mientras, teorizaba en voz alta sobre la vida y se preguntaba si ahora sería el momento de volver a Argentina, de volver a casa después de trece años para asimilar allí que su imaginación había muerto con su alma.
Una de esas noches interminables a la caza de las musas, Leonardo tocó fondo y sus adicciones le llevaron a una fría habitación de hospital. Al día siguiente, se despertó entre las paredes blancas que le trasladaban de nuevo a la realidad y una bata blanca se acercaba lentamente hacia él.
- Hola, soy el doctor Aguirre ¿cómo se encuentra? Le hemos practicado un lavado de estómago, estará bien en unas horas. Las pastillas y el alcohol son muy mala combinación.- Sin dejar intervenir a Leonardo, el doctor siguió hablando y salió de la habitación junto a dos enfermeras.
- Todos los grandes acaban igual. ¡Y con lo joven que es!- Comentaba una de las enfermeras en el pasillo.
- Yo nunca habría dicho que ese hombre con aspecto de vagabundo que apesta a whisky es el gran Leonardo Bucay.- Respondía la otra con cierto aire incrédulo.
Mientras Leonardo oía la conversación con indiferencia, el doctor se acercó a él una vez más revisando sus informes de salud.
- Está bien, podrá obtener el alta cuando los psicólogos del centro hablen con usted. Y acuérdese de venir mañana para una última revisión.
Las dos horas que duró la terapia fueron suficientes para ayudarle a dar el primer paso de su nueva vida, pero Leonardo comprendía que eso no era suficiente para salir adelante y decidió dejar de hacer todo aquello que le atormentaba, decidió dejar de escribir. O al menos, dejar de intentarlo en vano. 
Al día siguiente, fue al hospital como le habían indicado, pero cuando estaba dispuesto a salir, se giró por última vez antes de atravesar la puerta y no pudo evitar quedarse inmóvil ante la atenta mirada de ella. Estaba de pie, con su bata azul y el rostro pálido, que resaltaba sus ojos oscuros. Leonardo no la echaba más de nueve años. Después de unos segundos en silencio, miró a su alrededor, se acercó a ella, se agachó y la dijo:
-Hola, ¿cómo te llamas? ¿Puedo ayudarte en algo?
-Te pareces mucho a mi papá.- Respondió la niña inmediatamente.
Una vez más se quedó inmóvil, sin palabras, y vio cómo al decir esto, apareció en los ojos de ella un brillo de ilusión. No entendía bien porqué, pero por alguna razón se sentía obligado a conocerla.
-¿Y tu papá? ¿Ha salido? ¿Estás aquí sola?- Preguntó Leonardo impaciente, observando la lágrima que empezaba a descender por su mejilla.
-Papá y mamá se fueron al cielo hace unos años y yo fui a vivir con mi tía María.-siguió la pequeña con voz temblorosa.-Pero desde que vivo en el hospital, ella sólo viene un par de veces a la semana. Al principio se quedaba a dormir, pero tiene demasiado trabajo y…-Apenas podía seguir hablando con la voz entrecortada.
- No te preocupes.-Se adelantó Leonardo- Si quieres te puedo contar un cuento de un niño que también vivía en un hospital y no se lo pasaba tan mal.
Ella paró de llorar inmediatamente y le dijo:
- Me llamo Sofía. Y me encantan los cuentos.
- Me llamo Leonardo, y me encanta contar cuentos.
Según el escritor narraba su cuento en la sala de espera, ella le escuchaba atentamente con los ojos como platos y cuando terminó y observó la alegre expresión de su cara, se dio cuenta de que nunca se había encontrado mejor. Sofía era la única persona que no sabía quien era él ni en quién se había convertido, por lo tanto, era la ayuda que necesitaba para empezar una nueva vida.
-Espero que te haya gustado, pero es hora de irme.
-¡Espera!- repuso la niña con pena- ¿ya te vas? Dime que volverás mañana, por favor. 
-Tengo que irme ya, pero tranquila, si tú quieres volveré mañana y te contaré otro.
-Eso me encantaría.
Ambos se separaron tristes. Leonardo sentía que había conectado con esa niña pequeña hasta el punto de quererla como a una hija, una hija que nunca tuvo debido a la incompatibilidad que tenía la paternidad con su antigua vida. Por ello, no pudo evitar visitarla cada vez más frecuentemente. Pasaron meses y meses y cada mañana, iba al hospital con una historia nueva para animar a la pequeña y de paso, contagiarse de la alegría que ella irradiaba.
Uno de esos días, cuando ya se disponía a abandonar la habitación de Sofía, se vio sorprendido en el pasillo por la visita de María, la tía de la niña.
-¿Tú? ¿Eres tú ese que quiere arruinarme la vida?- Gritó María montada en cólera.
-Perdone pero no sé de lo que me está hablando.- Aclaró inútilmente Leonardo.
-No te hagas el tonto conmigo, sé muy bien que quieres llevarte la fortuna de mi hermano, pero yo ahora soy su tutora legal, ¿entiendes?
Tan pronto como acabó de decir esto, llegaron dos hombres vesidos con traje gris y la obligaron a salir de allí con la ayuda de un miembro de seguridad del hospital. Después de esto, se llevaron a Leonardo a una habitación e intentaron aclarar la situación.
-Señor Bucay, le estábamos buscando. Disculpe el incidente, pero tenemos que comunicarle algo importante, seré breve. Me llamo Jorge Aguirre y mi compañero, Luis González, somos asistentes sociales y estamos estudiando el caso de Sofía. 
Leonardo tardó más en asimilar las palabras de estos hombres que en inventar otra historia para Sofía.
- Cuando la niña se quedó huérfana,- continuó Aguirre- su tía asumió la tutela puesto que no tiene más familia, pero tras varios incidentes, nos hemos dado cuenta de que el único propósito de María es apoderarse de la fortuna que sus padres han dejado como herencia a la niña. Por eso, el juez ha decidido retirarle su custodia.
Leonardo no entendía muy bien hasta dónde quería llegar y qué pintaba él en todo esto, pero el asistente seguía:
-Verá, no le estamos obligando a tomar ninguna decisión, pero ahora mismo, Sofía está en nuestras manos. Los médicos nos han comunicado que usted viene a verla casi todos los días y los psicólogos del centro, según nos han comentado, están seguros de que la pequeña no estaría en ningún sitio mejor que con usted.
En este momento, Leonardo estaba abrumado, no sabía que hacer. Pensaba que estaba sólo, sin familia, con la única compañía de sus libros y la única muestra de cariño que recibía era la de Sofía.
-Comprendemos que se lo tenga que pensar, pero ya hemos comprobado que cumple todos los requisitos para obtener su tutela y su decisión corre bastante prisa, el alta de la niña es inminente y su destino está en una casa de acogida. Mañana nos pasaremos por aquí para conocer su respuesta, piénselo.
Esa noche, Leonardo no pudo conciliar el sueño más tiempo de lo que dura un prólogo. Pero su corazón le dio la respuesta. Al día siguiente rellenó todos los papeles necesarios para obtener su tutela y fue a la habitación de Sofía para explicárselo y contarla su cuento diario. Tras explicarlo, ella parecía ser la niña más feliz del mundo.
-Gracias.- Dijo la niña con una sonrisa de oreja a oreja.
-No tienes porqué darme las gracias, tendría que dártelas yo.
-No Leo, gracias por venir cada día y contarme una historia nueva, pero ahora me toca a mí.-intervino la niña sin dejarle acabar.- Ahora escucha mi cuento: Érase una vez…
La niña iba narrando cada detalle con entusiasmo mientras Leonardo escuchaba atento en silencio. Entonces apreció el talento que poseía y esa gran imaginación que habría sorprendido a cualquiera. Al acabar, estaba tan impresionado que no pudo evitar preguntar:
-¿Te lo ha contado alguien? ¿Lo has leído en algún sitio? Es el cuento más bonito que he oído jamás.
-No, me lo he inventado yo. Antes jugaba con mi madre a inventar cuentos y ella me contaba algunos aún más bonitos.
-Se me ha ocurrido una idea, escribiré tu historia para que nunca se te olvide y si puedo, la haré llegar a todo el mundo para que todos disfruten de tu don.
Cuando llegó a casa, escribió todo lo que pudo recordar, cada detalle de esa historia, con su habilidad como escritor que, gracias que ella, había recuperado.
Lo que ninguno de los dos autores sabía, es que esta obra, bajo el título de El libro de Sofía, se convertiría en un éxito sin precedentes, líder de ventas. Fue el libro que anunció su vuelta al mundo de las letras y detrás de éste, volverían a llover halagos al escritor en todos los medios. Así empezaba la obra maestra: <Gracias a ti, no sólo recuperé la sonrisa, sino también la ilusión de escribir y de vivir. Gracias Sofía.>.  

lunes, 11 de julio de 2011

Hoy...

No sé por qué, pero a veces me descubro pensando en ti y me hago preguntas que se disipan con un recuerdo lejano, presente aún en estas preguntas. No sé por qué, pero hoy...
Te echo de menos.
























Muchísimo.

jueves, 7 de julio de 2011

Polos de limón




Pero mírate, leyendo las cuatrocientas cincuenta y cuatro palabras que ha escrito esa gilipollas para alguien que posiblemente no seas tú.
O sí.
Mírate ahí sentado sin saber qué decir, sin poder pedir un deseo, sin ser capaz de despertar de esta dulce pesadilla. Mírate ahí, pequeñito, lento, triste, tirando los minutos que te quedan por la misma puerta por la que ella se fue. Viendo pasar los recuerdos y viendo cómo te quitan las pocas lágrimas que te dejó ese sol que quema sus pupilas cada mañana. Un montón de palabras, con sus lexemas y sus morfemas, con sus miles de interpretaciones posibles. ¿Pero qué quiere decirme? Seguro que ni ella sabe lo que dice, porque no tiene ni idea de nada, ella se limita a representar el papel de la mujer perfecta… y ¡qué bien lo hace!
No habla de amor, eso es seguro. Habla de las noches de verano en el cuadrilátero donde os rompisteis las ganas de volar.
No sé de qué te sorprendes, es su filosofía, su manera de acabar con los amaneceres, con las lunas de enero y con los días impares del mes de mayo.
A ella le encantan los polos de limón y odia los ridículos semáforos en ámbar. Le parecen inútiles los atardeceres, las novelas de terror y los amigos que no se cuentan los problemas. Son inútiles las olas, tanto como las horas que se pasan hablando de temas insípidos, o como las mañanas de los viernes. Como vosotros. Más inútiles que el do bemol, que el sí sostenido o que el punto y coma.
No habla de amor, ni de polos de limón.
No habla de amor, ése es el problema.



Ve con ella o no vuelvas nunca más, pero decídelo ya, para que le dé tiempo a vaciar sus vísceras de primaveras, que si se acumulan, luego le dan alergia.
Vaya dos.
Mientras tú saltas sus palabras y ordenas sus quizás, ella vive ajena a todo, inalterable, insaciable, imprudente, inalienable, inocente, inmadura, imbécil, jugando con ocho letras en una misma fila del teclado.
Miedo. Sí, ella seguramente tenga miedo. Pero no al espejo acrílico, sino al despertar una mañana y sentir que se ha evaporado su alma. Ese tipo de miedo. Miedo a sentir los clavos como si fueran algodones, miedo a arder por dentro estando desnuda en Groenlandia, a quedarse ciega con el resplandor de una cama oscura y vacía. Miedo a permanecer callada ante el ruido impertinente de una flor deshojada un catorce de febrero.
Ella es la persona más ridícula, enfática, psicótica y neurótica que conozco, y eso que he conocido a muchas personas con cualidades esdrújulas.
Y tú… tú eras perfecto hasta que pensaste que ella lo era.

sábado, 2 de julio de 2011

El diario de una triste mujer cualquiera

Martes. Una odiosa tarde de invierno más, sin hacer nada más que recordar sus párpados cerrados en la almohada. El frío secó sus ganas de volar hacia el pasado. Ya no quería recuperarle a él, simplemente quería volver a sentir una mano cálida en su hombro bajo una nevada como la que estaba cayendo al otro lado del ventanal del salón. Pero es imposible ahora que había desgastado el corazón queriendo a alguien no correspondido.

Lunes. Ya es primavera, o al menos eso dice el anuncio que pusieron ayer en el metro, y ella sigue llevando ese jersey azul con el que le dio el último beso antes de decirle adiós la noche de ese treinta de octubre. Vuelve su alergia, antes incluso que el Corte Inglés, y puede ser una buena excusa cuando se desliza entre recuerdos una lagrimilla seguida de algún estornudo. No debería haber vuelto a ver esa foto.

Domingo. Asquerosa tarde de domingo de julio, asqueroso calor de verano, sin nada que hacer, sin resaca de la que quejarse, sin nadie a quien llamar para contarle que hace meses que no le baja la regla y lo peor de todo, nada de qué preocuparse con ese retraso tan propio de sus alborotadas hormonas. La tristeza se ha vuelto a reír en su cara y ha decidido acompañarla en este viaje en que ha planeado todo menos la vuelta.

Miércoles. Sigue siendo septiembre, y el calor del verano que no quiere dejar pasar al otoño no la deja pensar. Ha pasado mucho tiempo y ya casi no se acuerda los tres lunares que tiene él en la espalda, ni su forma de guiñarle el ojo, ya casi ha olvidado cuál es la canción que le hace llorar y, aunque lo intenta continuamente, no puede recordar que siempre se mordía el labio cuando discutían.

viernes, 24 de junio de 2011

Pongamos que hablo de...

Con sus rascacielos, con sus despedidas, con sus bibliotecas, con sus ascensores, con sus 38 grados a la sombra. Con su Windsor, con sus azoteas, con sus tres millones de habitantes, con su olor a hidrocarburo. Los jueves y las canciones que no hablan de amor y los museos… del jamón. Su línea azul, la gris, la naranja… y hasta la verde. Donde se cruzan los caminos y las miradas anónimas.


Lleno de luces rojas, verdes y amarillas, lleno de vasos de tubo y hasta arriba de madrileños, aunque cueste encontrar alguno. Me rio de Madrid, con sus noches, sus atascos y sus mentirijillas piadosas. Lo mejor de Madrid es que siempre hay algo que hacer. Lo peor es que siempre hay algo que hacer… Donde se mezclan continuamente las citas efímeras y los amigos para toda la vida. Donde llegas sin saber hacer un transbordo y a los cinco minutos ya eres madrileño.





A mitad de camino entre el infierno y el cielo.





















Me voy, pero dejo aquí el ventrículo izquierdo.

viernes, 3 de junio de 2011

La chica de verde

No voy a decir lo que la quiero, porque si escribo esto es para decir algo que no le haya dicho ya. Necesito explicar lo importante que se ha hecho para mí en los últimos días, en las últimas semanas, en los últimos meses. Parece que fue ayer cuando nos vimos por primera vez, pero es como si nos conociéramos desde hace una vida. Yo necesitaba alguien con quien compartir todo lo que aquí encontraba y sin querer encontré a alguien con quien compartir el resto de mi vida.
Mientras derrapa una sirena de la policía por la espina dorsal de la Gran Vía, ella y yo tan solas en este infierno, entre tanto tráfico y tanto sinsentido, ella y yo haciendo lo que queremos, porque no queremos ser como los demás. Qué alegría, qué buen día, qué bueno tenerla… Y, aún rozando la ambición, sólo puedo pedir una cosa: quiero seguir saliendo a verla cada día que sale el sol.
Gritábamos ¡Calor! hablando de “coosssaaasss”, sin parar de atenuar, porque quien atenúa no es traidor. Hicimos tonterías, esquivamos la bipolaridad crónica de las frías noches de invierno, evitamos las risas largas en las conversaciones cortas, pasamos del culo de Luján Argüelles, del de Retu y del de Goyo Jiménez, cogimos una bicita y fuimos a un Tea Party a Príncipe Pio. Porque ella me hace sentir dos puntos de mayúscula. ¿Qué haría yo sin ti?
Y ahora qué bien estoy… ¡Quién me lo diría! Era difícil superarlo, pero el mirador de detrás del Templo de Debod ya no es mi rincón favorito de Madrid. Ella es mi rincón favorito. Ya está, no puedo decir nada más sin cometer el riesgo de caer en los tópicos sobre la amistad, en las típicas frases de amor y en las despedidas cursis. Y todo lo que me queda por decir, es mejor que no lo diga con palabras.
Un día me dijo que nunca sabes dónde puedes acabar ... O empezar, y acabo de descubrir la razón que tiene. No he podido evitarlo, hay cosas que conviene recordar todos los días y a todas horas…
Te quiero mucho, Eli.
Gracias por aparecer ahí.

domingo, 22 de mayo de 2011

Coplas de corazón quebrado

Somos dos
Nos sobraban las ganas de gritar
Vimos por un momento el amor pasar
de largo.
Puede que nos faltase alcohol
Aumentaba el miedo al final
Y antes de romper a llorar
me pediste algo.
Como los mosquitos
Que entre aplausos mueren
Como los besos que hieren
Como nosotros
Sobrevivimos
No sé cómo ni por qué
Pero sobrevivimos otra vez
Con los huesos rotos.



Éramos dos
Tratando de esquivarnos las miradas
Riéndonos de la luna a carcajadas


Imbéciles


Sentimientos de alterne, noches tiradas
Sábados cortos, sábanas largas

Decisiones difíciles.


La luna, él
Y los otros siete pecados capitales
Ahora los momentos infernales
Se multiplican
Estaba mejor  ayer
Como en las enfermedades terminales
Estaba mejor con mis asuntos carnales
Esos que luego se glorifican.


Miedo
Lo que no faltaba era la ambición
Y lejos de caer en la desesperación
Huimos
Coge tus dudas y vete
Un ventrículo sin corazón
Al infierno se baja en ascensor

El misterio del número siete.

Fuimos dos
Enredándonos sin los pies sobre el suelo
Mezclando esto con aquello
Con Sal
Y con limón
Olvidaste tus labios en mi cuello
Y como un adicto sin camello
Casi muero, pero no.

"La poesía es como los anticonceptivos, si no tienes con quien usarla, no sirve de nada."
Yassin Bennani




sábado, 7 de mayo de 2011

LLuvia en las pestañas

"Si quieres el arco iris, tienes que aguantar la lluvia." Dolly Parton
Olía a hojas húmedas hasta que pasó por mi lado ese chico de la capucha que llevaba encima litros de esa colonia… su colonia. Y apareció de repente la imagen de su boca, su calor, y con él un escalofrío que me recorrió la espalda. Llovía demasiado para contener las ganas de llorar. No para de llover, ¡joder! Lo bueno es que las lágrimas se confunden con gotas de lluvia y el paraguas tapa los recuerdos. Me hubiera encantado cruzarme con él en ese momento y preguntarle qué coño sintió él mientras fingía morir por mis huesos. En realidad no quiero saberlo. No quiero porque yo, los días grises los llevo por dentro. Sorbo la nariz, me seco la cara con la manga y sigo mirando hacia el horizonte. Hago lo imposible para pensar en otra cosa, me pongo música y vuelven a aparecer sus ojos como si de un mensaje subliminal se tratara. Desisto. Es imposible, inevitable. Hoy no puedo. Ahora es cuando quisiera que pasara el tiempo en un segundo y saber si algún día será posible volver a sonreír bajo un cielo anubarrado.

viernes, 6 de mayo de 2011

Carta desesperada para un MB

¡¡¡Eh, tú!!! ¡Que sé que estás ahí! O eso espero… Qué difícil se me hace echar la vista atrás y darme cuenta de lo que me he dejado… Algunas cosas están bien donde las dejé; están en su sitio. Pero no deberías estar ahí detrás, tan lejos de hoy y tan extremadamente lejos de pasado mañana. ¿Qué hemos hecho? O peor aún, ¿qué coño hemos dejado sin hacer hasta llegar aquí? A lo mejor estoy siendo un poco drástica, demasiado dramática e infinitamente exageradísima, pero es que me crispa no darme cuenta a tiempo de las cosas, me enerva perder las buenas costumbres y eras una de esas buenas costumbres. No soy capaz de aparcar nuestras conversaciones interminables, ni nuestras risas, ni nuestros tres mil doscientos cincuenta y cuatro millones de anécdotas. Y estoy empezando a olvidar todas las que me propuse retener para contártelas en nuestro after algún día. Me arrepiento, como siempre, me vuelvo a arrepentir de cambiarte por mis ocupaciones, que no son más que asuntos banales y efímeros que intentan en vano sustituir lo infinito. Y todo es aún más difícil cuando se trata de esquivar la maldición del suvenir, que desde el minuto uno de su existencia ha separado nuestros caminos. Y todo por el hijo de puta de Murphy. ¿Ahora entiendes por qué odio esas trece malditas letras? Porque son siempre el principio del fin. Y deseo con todas mis fuerzas que ésta sea una excepción.

jueves, 5 de mayo de 2011

Declaración de intenciones número 2

"Sólo creo en las personas que aún se sonrojan"
A veces la frialdad que me caracteriza en los días impares se convierte en una virtud y el resto del tiempo, mi inconformismo estático vuelve a ser incompatible con tus ganas de más. Siento que no puedo parar de pensar en dejar de pensar. Hace tiempo que dejé de subir a las nubes para ver el cielo más cerca, ahora no tiene sentido volar. Tampoco tiene sentido dejarse llevar, porque es el momento de tomar las riendas. Ya no volveré a evitar esos susurros que ponen los pelos de punta, nada de prohibirme soñar en posición vertical, nunca esquivaré un beso debajo de una sábana. Nunca más. Seguiré apurando el veneno hasta que la tristeza se convierta en algo estéticamente correcto.

miércoles, 20 de abril de 2011

GRIS

¿Todo o nada?
Yo no quise verlo, me puse la venda. Otra vez. Yo y mi venda. No aprendo. Me gritabas al oído que nuestro vuelo se estrellaría, pero fui yo la que quise despegar. Y Nuestros Vuelos Aterrizan. Aterrizaje de emergencia.
Y cada vez más solos.
Y cada vez más rotos.
Y cada vez más tú.
Y cada vez más yo.
Sin rastro de nosotros.
Fue un magnífico simulacro de equilibrio, que lástima que no fuese real. Demasiado bueno para ser real.

¿Blanco o negro?

domingo, 17 de abril de 2011

Desconexión

Estamos desnudas.

 Nosotras nos desnudamos en público como todos los que nos estáis viendo justo ahora, con la diferencia de que nosotras al menos lo reconocemos. Todos nos desnudamos sólo con apretar un botón en esta gran red de buenas intenciones y mentiras.
Aprietas un botón y todos tus amigos saben dónde irás este fin de semana. Aprietas un botón y todos a los que crees conocer saben en qué condiciones ibas el última sábado. Aprietas un jodido botón y todo el puto mundo sabe con quién te acostaste anoche… y con quien te levantaste.
Sí, somos unas malditas hipócritas. Lo criticamos, pero aquí estamos como Dios nos trajo al mundo, calmando la sed de todos aquellos que fingen que no les interesa la vida de nadie. Y si lo hacemos es porque en nuestra pequeña burbuja antisocial no caben más que dos, y nos encanta dar que hablar porque eso forma parte del juego continuo del que tanto disfrutáis y en el fondo nos encanta hacer feliz a la gente.
Así es, nos cueste reconocerlo o no, esto es como si paseásemos desnudos por la calle, como si hiciésemos un striptease en un escaparate.
Al menos nosotras usamos sombrero.

miércoles, 6 de abril de 2011

Siempre positivo, nunca negativo

¿Miedo a la tristeza?
"La tristeza solo es un sentimiento de culpa." Bob Marley.

¿Miedo al fracaso?
"Hay algo peor que el fracaso: el no haber intentado nada." Franklin Delano.

¿Miedo a las dudas?
"La duda es uno de los nombres de la inteligencia." Jorge Luis Borges.

¿Miedo a la muerte?
"Lo bueno que tiene la muerte es que no hay que madrugar." José Luis Coll.

A lo único a lo que puedes tener miedo es a ser feliz. Y eso no es miedo, es de cobardes.

Oporto



Dejemos que la ola que surge del último suspiro de un segundo nos transporte, mecidos, hasta el siguiente.

Dejémonos llevar hasta donde las prisas se funden con la brisa y todo lo de alrededor pasa desapercibido.

domingo, 27 de marzo de 2011

Prohibido enamorarse


"Amor se llama el juego en el que un par de ciegos juegan a hacerse daño"

Te voy a proponer algo, juguemos a algo... ¿Te apetece? Sólo es un juego, vamos a pasarlo bien. Pero como todo juego, tiene sus normas. Está prohibido mirarse profundamente a los ojos, está prohibido cogerse de la mano, prohibido echarse de menos, prohibido dudar, prohibido perder… y prohibido ganar. Está prohibido enamorarse. Consiste en quererse, pero sin sentirlo todo. Consiste en besarse, pero sin prisa. Consiste en jugar sin parar. El juego termina cuando uno de los dos gana, o cuando uno de los dos pierde, porque ambas cosas están prohibidas.

 Quiero jugar contigo.