lunes, 17 de diciembre de 2012

Declaración de intenciones número 3

Soy feliz. Y mi único propósito ahora mismo es seguir siéndolo hasta nueva orden. Quiero firmar un contrato indefinido de felicidad. Partiendo de esta atrevida afirmación, y antes de que mi querido amigo Murphy me odie indefinidamente, he de exponer mis motivos.

Tengo bajo mi poder fraternal a la persona más dulce del mundo, que me enseña más de lo que llegaré a aprender nunca. Y sus progenitores me han dado siempre un poco más de lo que pueden poseer y de lo que yo llegaré a valorar.

La casualidad me ha hecho encontrar a muchísima gente y la suerte ha hecho que, de entre esa gente, encuentre a unas cuantas personas de esas que marcan tu vida como una cicatriz de guerra. Y no quiero morir sin tener cicatrices.

He encontrado a alguien que me hace compañía camino de la locura, me enciende los amaneceres y me llueve los domingos.

Mi rutina se divide en corondeles, se mezcla con locuciones y se resume en entradillas. 

Una vez me dijeron que hay dos formas de ser feliz: una es hacerse el tonto y la otra es serlo. Y yo combino estas dos variantes con cierto equilibrio.

Cuando la sangre tiñe las páginas de los periódicos, los números se disparan en el telediario de las 3 y los de arriba se mantienen sin poder apoyarse en los de abajo, la felicidad no está bien vista, pero a mí no me gusta ninguna otra opción.

Si todo es viento, aprenderemos a volar.


martes, 27 de noviembre de 2012

Titanic

Todos necesitamos un iceberg para nuestro Titanic. De vez en cuando tenemos que abrir la caja de los tornados y tirarnos al mar desnudos en medio de una tormenta. La vida sería demasiado aburrida sin carteles de peligro y sin riesgos que correr. Corremos demasiado poco para mi gusto y nos gustan demasiadas cosas seguras. Pero aquí no hay nada seguro; todo cambia y suele ser a peor. Qué feliz debe ser la gente a la que le gustan las cosas difíciles. Todos necesitamos caer, fallar, cometer errores, fracasar muchas veces hasta que aprendamos a fracasar mejor.

"Cada fracaso enseña al hombre algo que necesitaba aprender." Charles Dickens


miércoles, 7 de noviembre de 2012

Buen viaje


Hace ya tiempo que arranqué y creo que mi único objetivo era seguir adelante, aunque puede que ni siquiera tuviera objetivo. Me limité a acelerar, mirando al frente, sin frenos. En la reserva. Estaban todos los semáforos abiertos, sólo para mí. No había pasos de peatones, ni radares. No había límites de velocidad, ni de los que no son de velocidad.

Y de repente aparece alguien. Alguien que me para los pies, pisa el pedal del medio y me obliga a disfrutar del paisaje. El paisaje que dejé atrás hace miles de kilómetros. Y no estoy segura de querer volverlo a ver. Embrague, reduzco. Y ahora, despacio, me da tiempo a mirar por la ventanilla, a sacar la mano por ella como si de un anuncio se tratara. Y todo se ve más claro. Y ese es precisamente el problema.

¿Y cuál es el problema? ¿La velocidad o el paisaje? Solo quería acelerar, ver sólo lo que tenía justo delante de los ojos, sin mirar atrás, sin girar la cabeza. Pero ya no puedo. Quería seguir viviendo rápido para no pensar. Y ahora mismo, mientras haya alguien que sigue pisando el freno, lo único que puedo cambiar es la música.





"¿Sabes por qué el parabrisas es más grande que el retrovisorPorque el camino que tienes delante es más importante que el que dejas atrás."

domingo, 4 de noviembre de 2012

Inventario de domingo

Me ha regalado tantas sonrisas que me faltan bocas para contarlas.

Si guardara todos los suspiros con los que me he tropezado, podría coleccionarlos en un álbum de cromos.

Me ha prestado tantos instantes que me faltan vidas para devolverlos todos.

Compré todos sus escalofríos en la espalda para los domingos más tristes.

Me firmó en el cuello tantas veces que faltaron plumas y dedicatorias.

Gravé en la memoria un puñado de susurros, muchos más que canciones que puedo recordar.

Me acarició con tantas palabras que faltarían idiomas para pronunciarlas.



Tengo todo lo que quiero y, lo que es aún más importante: quiero todo lo que tengo.



martes, 9 de octubre de 2012

Otoño

Hay días que son otoño, puede ser a mitad de mayo o el 28 de septiembre, pero el otoño puede llegar cualquier día y puede irse mucho después del invierno.

Los días de otoño (que no otoñales) se parecen a los días rojos: tienes miedo y no sabes por qué.

A veces necesito una excusa para odiarme un poco, para odiar intensamente cualquier cosa durante un rato. Para disimular.

Está claro que no se pueden recordar todas las batallas perdidas en una misma noche y menos aún si está lloviendo.

Triste, como una firma sin dedicatoria, como un mensaje sin respuesta, o con una respuesta predecible. Triste como las cosas predecibles. Triste como un tejado sin gatos, como París anubarrado, como la despedida más amarga.



sábado, 29 de septiembre de 2012

jueves, 30 de agosto de 2012

8556

¿Cómo no le voy a querer? 


Si es mejor que el chocolate, mejor que las siestas de antes de cenar, mejor que los semáforos en rojo. 

Es mejor que el pacharán, mejor que los números impares y que las duchas con mucha presión. 

Mejor que las tormentas de verano, mejor que el jazz, que el soul, el blues, mejor que el rock. 

Mejor que la luna llena en el mes de abril, mejor que Lord Byron. 

Mejor que los tatuajes, que el sirope de caramelo, e incluso es mejor que dormir.
Mejor que una puesta de sol en el Lago de Sanabria.

domingo, 22 de julio de 2012

Madurando, disculpen las molestias




Qué iluso aquel que pensó que crecer era gastar más talla de pantalón y tener más palabras que estudiar en cada examen. Qué ingenuo el que creyó que madurar era esperar tumbado al sol a que los años dejaran marcas en la piel. Qué inocente. Y qué feliz.
Madurar es tropezar una vez detrás de otra con la misma piedra hasta saber cómo caer, no hasta evitar la caída. Madurar es entender que todos los parasiempres son de mentira. Es entender que la primavera dura un segundo y los otoños no terminan de irse del todo. Es saber que no todas las despedidas son garantías de olvido. Ni todos los adiós son tristes.
Crecer es sonreír cuando menos motivos tienes para hacerlo. Es tener cicatrices, recuerdos y esperanza. Y desesperar. Es saber que nunca es demasiado pronto para unas buenas ganas y nunca es demasiado tarde para quien tiene unos buenos motivos. Saber que nunca es demasiado.
Y qué irónico que sea yo quien hable de madurar.


20.

jueves, 5 de julio de 2012

1:23

Justo en este momento, en este preciso instante, alguien acaba de saltar, en algún lugar del mundo hay una guerra y en cualquier otro lugar hay alguien que tiene una guerra entre oreja y oreja. Habrá miles de personas que están haciendo el amor y muchas otras lo están deshaciendo. O eso intentan. Alguien acaba de coger una bocanada de aire después de una risa incontrolable. Un niño bosteza. Amanece en alguna parte, en algún rincón de una habitación pequeña. Una ola rompe y alguien se rompe después de un hola.
Y yo escribiendo... como si sirviera de algo. Escribo para sacarlo fuera y destruirlo, pero luego siempre termino entendiendo que a todo lo que escribo le concedo el don de la inmortalidad.

lunes, 4 de junio de 2012

Soy yo

Esa ciudad era como cualquier otra, con sus azoteas, sus farolas estropeadas, sus decibelios, sus despedidas.
Encontré mujeres que cosían almas y hombres de traje con calcetines de colores. Había maniquíes tristes y me entristeció la felicidad artificial de los niños que salen en los anuncios de colegios privados. Allí convivían pacíficamente la alergia al polen y la inútil longevidad de las flores de plástico. Descubrí que el sueños y los sueños viajan en transporte público. Era una ciudad llena de miradas perdidas y de firmas ilegibles.
Ciudad de nadie y de tantos. Y de tontos. Recuerdos impregnados en asfalto, que se borran en pasos de cebra y se ahogan en buzones amarillos. Personas que te hacen reír y llorar a partes desiguales. Y amor en besos cortos y días largos con besos sin amor. Bibliotecas vacías, exámenes sin corregir. Vuelos cancelados, noches en aeropuertos. Gente que vive rápido y muere muy lentamente. Mentiras piadosas. Una ciudad cualquiera con conversaciones incómodas en los ascensores y despertadores que van adelantados. Cinco minutos más. Cajas de cartón y pies fríos en las tardes de agosto. Abrigos de piel y dinero blanco que se aspira a través de billetes de veinte. Y veinteañeros con canas y sin ganas. Cristales empañados y vísceras en una televisión.

Y no es una ciudad cualquiera. Soy parte de ella. Es parte de mí.

La cristalización de las esperanzas pisadas

Las ilusiones son de cristal. Son frágiles, delicadas. Transparentes.
Y se rompen. Se rompen con facilidad, se hacen cachitos pequeños.
Una ilusión puede durar mucho tiempo en pie, pero en algún momento puede desvanecerse. Se cae, se raja, se rompe. Y en ese momento puedes hacer dos cosas: quedarte mirando o intentar pegar los trozos, pero nunca quedará igual, y será cada vez más débil, más feo, más vulnerable.
En realidad también hay otra opción, seguir adelante. Y para seguir adelante tienes que tienes que pisar los trozos de cristal. Y lo tienes que hacer descalzo.


martes, 15 de mayo de 2012

Y cuando acabes de hablar... por favor, cállate


A veces pensaba en lo difícil que es hablar sin decir nada, pero con el tiempo me he dado cuenta de que lo realmente difícil es hacer lo contrario.
No podemos parar de hablar, es imposible. Y cuando estamos callados es cuando de verdad queremos decir algo, pero estamos tan acostumbrados a hablar por hablar que somos incapaces de expresarnos.
¿Y por qué cuando alguien duerme en medio del ruido se despierta cuando se produce un silencio repentino? Porque el silencio es importante, es imprescindible.
Y lo es sobretodo para los que sólo hablan cuando es de los demás.  Y sí, señores, en el siglo XXI, en el año 2012 para ser más exactos, sigue habiendo gente que habla de cosas sin tener ni puta idea y gente que habla de personas sin tener ni la más mínima idea de lo que hablan. Una prueba más de la retroevolución humana, pero ése no es el tema. El tema es que lo que digan los demás me da bastante igual, pero a nadie le gusta estar en la boca de la gente. Gente que, por otro lado, me la traen bastante al fresco, pero casualmente los que más hablan son los que más tienen que callar ("se cree el ladrón que todos son de su condición").

Si los que hablan de mí supieran exactamente lo que pienso de ellos, hablarían peor.

El problema de las palabras es que tú nunca sabes en qué bocas han estado antes.

Si lo que vas a decir no es más bello que el silencio: no lo digas

Porque uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que habla.
Y, como decía Rabindranath Tagore: Es fácil hablar claro cuando no va a decirse toda la verdad.

Personalmente, creo q los silencios dicen más que las frases. Así, que mejor no decir nada más.

De momento.

viernes, 4 de mayo de 2012

Como sombras en la oscuridad


Todo empezó cuando de verdad empiezan las cosas importantes: una noche. Una noche sin humo, pero con chispas. Una noche con serios y con alguna que otra sonrisa. Y siguió otra noche de besos fríos y abrazos en llamas. Y siguieron otras noches más, con lunas de menos.

Nadie sabía que existían, a veces me pregunto si ellos mismos lo sabían. Y es que era imposible saber nada con certeza, si hasta el cielo dejó de ser azul y el sol dejó de salir por el Este. Jamás planeaban nada, ello solían volar encima de sus propios sueños.

Él le dijo: “Dame buenos recuerdos y no te olvidaré nunca” y ella, cuya memoria no superaba dos anécdotas y cuatro datos inútiles, sabía que a partir de ese momento siempre iba a acordarse de cada día que pasaran juntos. Porque para tener buenos recuerdos hace falta algo más que tener buena memoria.

"El amor halla sus caminos, aunque sea a través de senderos por donde ni los lobos se atreverían a seguir su presa." Lord Byron.


Y como garantía, se dejaban la piel marcada con cada mirada perdida. Se pellizcaban el corazón, se mordían la amnesia. Se firmaron un juramento en la espalda y esquivaron los errores como rejas en la acera. Se refugiaron en los besos largos de los semáforos en rojo y se pierden en los pasos de cebra de más de tres carriles.

Y siente algo… Un cosquilleo recorre sus dudas y desaparecen como sombras en la oscuridad, se funden en el vacío de las palabras que nunca se dijeron. Nunca había necesitado tanto un mordisco al final del día. Nunca había necesitado tanto unos dos puntos y una “y griega” para volver a sonreír. Para ser total y completamente feliz.





Estas vísperas son las de después

Sí, me lancé a la piscina. Un doble mortal con tirabuzón invertido. Unos instantes después de que mis pies perdieran el contacto con el suelo, pude comprobar que había agua. Pero, una vez sumergida, me percaté de que quizá había demasiada. Ni siquiera hacía pie, sólo podía nadar, sumergirme, bucear, respirar poco y mal y, finalmente, intentar llegar a la meta para tocar la orilla.


Su piscina siempre tan fría, tan imparcial, tan serena, tan como siempre. Intenté hacerle entender que no quería un como siempre, sino un  para siempre. 


"Para cruzar el océano debes perder de vista la orilla"



Y allí, rodeada de litros agua y de palabras de doble sentido, me di cuenta de que antes de intentar llegar en primer lugar, tienes que asegurarte de que es tu carrera.




No, no era mi carrera. Lo bueno es que ni siquiera podía perderla porque no estaba hecha para que yo compitiera allí. Y la vida siguió como siguen las cosas que no tienen mucho sentido.

domingo, 29 de abril de 2012

Lánzate


Si eliges hacerlo, puedes fracasar, puedes resultar dañado en el intento, puede que nada salga como esperabas. Es posible que el camino no sea fácil y nadie te asegura que exista un camino. Pero lo habrás hecho, no tienes de qué arrepentirte.

En cambio, si no lo haces, jamás sabrás lo que pudo haber sido, nunca podrás experimentar la gloria del éxito, ni podrás aprender de cada fallo, ni levantarte después  de cada caída hasta que aprendes a caer con estilo, o a evitar caer.


Si se ve el final del camino antes de empezar a andarlo, lo que haya al otro lado no será muy interesante... 


"Hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes". La Guerra de las Galaxias

lunes, 9 de abril de 2012

De tormenta en tormenta

Yo jamás me he arrepentido de nada. Puede parecer egoísta, puedo pecar de soberbia, pero tiene una sencilla explicación: no me arrepiento de nada porque siempre que hago algo, hay un momento, aunque sea una décima de segundo, que pienso que hacerlo es la mejor opción. Y aunque después sepa que no era la mejor opción, de todo se puede aprender y sacar algo positivo. Y arrepentirse es totalmente inútil. Sólo con que alguno de mis actos me enseñe que no lo tengo que hacer jamás, ya me ha aportado algo positivo. Y como dijo Boccaccio, "Vale más actuar exponiéndose a arrepentirse de ello, que arrepentirse de no haber hecho nada".
Pues bien, ahora tengo algún que otro arrepentimiento y todo porque no encuentro el momento en que decidí que hacerlo era la opción correcta. Puede que sea por mi inestabilidad psíquica o por mis impulsos irracionales, pero sería demasiado fácil disculparse con eso. Podría echar la culpa a Murphy o a el karma, pero no, yo solita me lo busqué. Y me arrepiento, pero arrepentirse sigue sin servir de nada. Como la mayoría de las cosas que hago últimamente. 
Y es que el buen camino es tan difícil de encontrar y tan fácil de perder... Y si hay que sacar algo de eso, es que al tocar fondo, sólo queda una opción: ascender. Y al bajar tan rápido, puede que incluso el impulso para subir sea mayor, porque no puedo seguir bajando. 
Ahora sé lo que quiero. Sé lo que necesito. Demasiado tarde. Pero nunca es demasiado tarde para unos buenos motivos. 
No me gusta repetirme, pero mi consuelo es éste: "Las tormentas hacen que los árboles echen raíces más profundas", de Dolly Parton.

viernes, 2 de marzo de 2012

Los recreos de marzo

La sonrisa de la libertad, los alumnos que quieren dejar de ser alumnos unos minutos para seguir siendo niños.
Las profesoras que avanzan deprisa por el patio del colegio, evitando ser alcanzadas por un balón y esquivando la inocencia que desprenden esos monstruitos hiperactivos y mocosos con cada palabra.

Un helicóptero atraviesa el cielo nublado y los niños, mirando arriba con la boca abierta, sólo quieren ver el balón que pasa por encima de sus cabezas y acaba en una portería sin red. Y el helicóptero, ofendido por esa indiferencia, sale del cielo del recreo despacio, sin hacer ruido. No como salen los más pequeños, que corren con sus abrigos agitándose al aire, a modo de capa, sujetados a ellos sólo por la capucha, gritando que son superhéroes. Y salvarán al mundo.



En cada recreo
Como en los amores
Quieren vivir deprisa
Como pasa en las canciones.

Las niñas con coletas
Los niños con balones
Las manchas de barro
Los moratones.

El contagio de piojos
El miedo a los sermones
Las tortugas en las metas
Las pegatinas de colores.

Los bocadillos de nocilla
Hacer de papel aviones
Las caídas en las combas
Y sus chichones.

Los patines y las muñecas
Y las demás ilusiones
Los llantos y las piruletas
Que evitan todos los dolores.

Bendita inocencia
Sin malas intenciones
Crecen con prudencia
No quieren ser mayores.


"El futuro del mundo pende del aliento de los niños que van a la escuela." El Talmud

domingo, 29 de enero de 2012

Hoy me he enamorado



Es lo primero en lo que se han parado mis ojos cuando entré a la estación de autobuses esta tarde. No podía ser. Hace casi un año coincidimos por amigos comunes en una fiesta, y mi memoria, con el tiempo, había convertido la indiferencia recíproca de ese día en algo mucho más misterioso. Y el hecho de que le viera de vez en cuando, a lo lejos, por los pasillos de la facultad, había dado lugar a cierta obsesión con él en mi subconsciente. Lástima que él no tuviera la más remota idea de quién era yo.


Precisamente ayer vi las fotos de la primera y única noche que compartimos, en la que parecía que queríamos obviar la presencia del otro. Y, por supuesto, él lo hizo. Pero su presencia no podía pasar desapercibida así como así. Justo ayer vi esas fotos, qué casualidad. Justo ayer y hoy me lo encuentro allí sentado, escribiendo en una pequeña libreta azul. Sonrío. Son el tipo de casualidades que te alegran el día.


Compro el billete y espero sentada en un banco detrás de él, aprovechando los últimos minutos que me había regalado el destino para contemplarle. Los ojos más azules del mundo, rubísimo, barbita de tres días (Oh Dios mío, tenía que tener esa barbita...), camisa de cuadros y esa sonrisa de medio lado que se te queda cuando piensas mucho tiempo en el resultado de una división. Ni se inmuta. Sumergido en tu libreta, no para de escribir con un bic azul. Me muero de curiosidad por saber qué le tiene atrapado en ese papel.


Voy a subir al autobús, le echo una última mirada para guardar ese fotograma de realidad en mi memoria por un largo tiempo, pero no está. Había desaparecido y la cola avanzaba delante de mí, así que se me quita la sonrisa por un momento y monto en el autobús, intentando retomar los pensamientos con los que había ido hasta allí.


Me pongo los cascos, reproducción aleatoria, hoy me someto al antojo del azar, definitivamente. Mientras, imagino cómo será mi compañero de asiento... apuesto todo a "viejecita adorable con ganas de conversación", nunca falla. Pues esta vez no, hoy gana la banca. No tenía mucha pinta de viejecita, aunque sí de adorable y, desgraciadamente, no se le veía con muchas ganas de conversación. Era él, de nuevo. Increíble.


Y yo no podía esconder esa sonrisa de imbécil, así que me limité a mirar por la ventana... El sol del atardecer en su cara, sus palabras escritas en el cuaderno azul se reflejaban en los cristales de sus gafas. Y sus ojos brillaban con  luz propia. Habría habido mil temas de conversación disponibles para ese momento, y aún más habiendo compartido una noche de fiesta y la misma carrera, pero yo era incapaz de dirigirle la palabra. Soy idiota. 


Con lo fácil que hubiera sido decirle: "Hola, tú no te acuerdas, pero ya nos presentaron. Me he fijado en ti, creo que tienes una sonrisa preciosa y unos ojos increíbles. Me gustaría pasar una noche contigo y, si todo sale bien, no tendría inconveniente en quererte el resto de mi vida."


Pero no, soy imbécil. Sólo intercambiamos tres frases, una mirada y dos sonrisas. Sin embargo, para mí una sonrisa suya fue suficiente. De momento.


Porque él todavía no lo sabe, pero es el hombre de mi vida.

domingo, 22 de enero de 2012

Grandes

Tengo el placer de presentaros al grupo que toca corazón y música a partes iguales.
Sube el volumen, relájate, cierra los ojos, sonríe.
Ellas harán el resto. 


http://www.youtube.com/watch?v=NkWAkKnJHV4


http://www.youtube.com/watch?v=J0N8j8C1AH8


http://www.youtube.com/watch?v=wK7EQtpZv0c


Y lo mejor de Bambikina... es vivir con ellas.

miércoles, 4 de enero de 2012

Noselocuentesanadie

Hay una persona, una entre un millón, una entre todos los habitantes de este jodido planeta, que no sé qué lugar ocupa en mi vida. Pero sé que ocupa casi todos los rincones oscuros de mi cabeza.

Un día, éramos sólo dos sobre la faz de la tierra y la temperatura podía derretir el febrero más frío. No había nada entre nosotros: la piel. No había citas, sólo proposiciones indecentes; no había explicaciones, ni necesidad de explicar nada; no había preguntas, sólo respuestas; no había sentido, ni ganas de buscarlo; no había sentimientos,… ¿o sí?

 Y hoy, de la noche a la mañana, con más mañanas que noches desgraciadamente, todo se enfrió, estamos a millones de kilómetros bajo cero. No sé exactamente por qué, ni cómo, ni si va a seguir siendo así el resto de nuestras vidas. Antes no éramos nada y ahora sólo somos una cosa: cobardes.

Lo peor de todo es que tenemos fingir que nunca pasó nada y que seguimos siendo los mismos. Pero ni somos los mismos ni… bueno, quizá nunca pasó nada. Otra vez cayendo en la intención de engañar al corazón con otra dulce mentira.

Nos tomamos tan en serio eso de que nadie se enterara, que ni siquiera nosotros mismos nos hemos enterado de lo que fuimos, ni de lo que somos y, por supuesto, no tenemos ni puta idea de lo que seremos.

Antes nos mirábamos tan profundamente a los ojos que podíamos vernos por dentro, ahora no podemos mirarnos por miedo a vernos las vísceras, incluido el corazón. Otro nuevo cambio de carril, evitando coincidir con tu mirada perdida. Y es que ahora evitarte y esquivar tus miradas son mi única rutina.

Podría cambiar las cosas con unas palabras, pero por no caer en el riesgo de cambiarlas a peor, el silencio está destrozándome por dentro. Y está claro que a peor no puede ir, pero no tengo valor para decirte que aún sigo aquí, olvidándome de ti un par de veces al día.