Hay días que son otoño, puede ser a mitad de mayo o el 28 de septiembre, pero el otoño puede llegar cualquier día y puede irse mucho después del invierno.
Los días de otoño (que no otoñales) se parecen a los días rojos: tienes miedo y no sabes por qué.
A veces necesito una excusa para odiarme un poco, para odiar intensamente cualquier cosa durante un rato. Para disimular.
Está claro que no se pueden recordar todas las batallas perdidas en una misma noche y menos aún si está lloviendo.
Triste, como una firma sin dedicatoria, como un mensaje sin respuesta, o con una respuesta predecible. Triste como las cosas predecibles. Triste como un tejado sin gatos, como París anubarrado, como la despedida más amarga.
Datos personales
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martes, 9 de octubre de 2012
sábado, 29 de septiembre de 2012
jueves, 30 de agosto de 2012
8556
¿Cómo
no le voy a querer?
Si es mejor que el chocolate, mejor que las
siestas de antes de cenar, mejor que los semáforos en rojo.
Es mejor que el pacharán, mejor que los números impares y que las duchas con mucha presión.
Mejor que las tormentas de verano, mejor que el jazz, que el soul, el blues, mejor que el rock.
Mejor que la luna llena en el mes de abril, mejor que Lord Byron.
Mejor que los tatuajes, que el sirope de caramelo, e incluso es mejor que dormir.
Es mejor que el pacharán, mejor que los números impares y que las duchas con mucha presión.
Mejor que las tormentas de verano, mejor que el jazz, que el soul, el blues, mejor que el rock.
Mejor que la luna llena en el mes de abril, mejor que Lord Byron.
Mejor que los tatuajes, que el sirope de caramelo, e incluso es mejor que dormir.
| Mejor que una puesta de sol en el Lago de Sanabria. |
domingo, 22 de julio de 2012
Madurando, disculpen las molestias
Qué
iluso aquel que pensó que crecer era gastar más talla de pantalón
y tener más palabras que estudiar en cada examen. Qué ingenuo el
que creyó que madurar era esperar tumbado al sol a que los años
dejaran marcas en la piel. Qué inocente. Y qué feliz.
Madurar
es tropezar una vez detrás de otra con la misma piedra hasta saber
cómo caer, no hasta evitar la caída. Madurar es entender que todos
los parasiempres son de mentira. Es entender que la primavera dura un
segundo y los otoños no terminan de irse del todo. Es saber que no
todas las despedidas son garantías de olvido. Ni todos los adiós
son tristes.
Crecer
es sonreír cuando menos motivos tienes para hacerlo. Es tener
cicatrices, recuerdos y esperanza. Y desesperar. Es saber que nunca
es demasiado pronto para unas buenas ganas y nunca es demasiado tarde
para quien tiene unos buenos motivos. Saber que nunca es demasiado.
Y qué irónico
que sea yo quien hable de madurar.
20.
jueves, 5 de julio de 2012
1:23
Justo en este momento, en este preciso instante, alguien acaba de saltar, en algún lugar del mundo hay una guerra y en cualquier otro lugar hay alguien que tiene una guerra entre oreja y oreja. Habrá miles de personas que están haciendo el amor y muchas otras lo están deshaciendo. O eso intentan. Alguien acaba de coger una bocanada de aire después de una risa incontrolable. Un niño bosteza. Amanece en alguna parte, en algún rincón de una habitación pequeña. Una ola rompe y alguien se rompe después de un hola.
Y yo escribiendo... como si sirviera de algo. Escribo para sacarlo fuera y destruirlo, pero luego siempre termino entendiendo que a todo lo que escribo le concedo el don de la inmortalidad.
Y yo escribiendo... como si sirviera de algo. Escribo para sacarlo fuera y destruirlo, pero luego siempre termino entendiendo que a todo lo que escribo le concedo el don de la inmortalidad.
lunes, 4 de junio de 2012
Soy yo
Esa ciudad era como cualquier otra, con sus azoteas, sus farolas estropeadas, sus decibelios, sus despedidas.
Encontré mujeres que cosían almas y hombres de traje con calcetines de colores. Había maniquíes tristes y me entristeció la felicidad artificial de los niños que salen en los anuncios de colegios privados. Allí convivían pacíficamente la alergia al polen y la inútil longevidad de las flores de plástico. Descubrí que el sueños y los sueños viajan en transporte público. Era una ciudad llena de miradas perdidas y de firmas ilegibles.
Ciudad de nadie y de tantos. Y de tontos. Recuerdos impregnados en asfalto, que se borran en pasos de cebra y se ahogan en buzones amarillos. Personas que te hacen reír y llorar a partes desiguales. Y amor en besos cortos y días largos con besos sin amor. Bibliotecas vacías, exámenes sin corregir. Vuelos cancelados, noches en aeropuertos. Gente que vive rápido y muere muy lentamente. Mentiras piadosas. Una ciudad cualquiera con conversaciones incómodas en los ascensores y despertadores que van adelantados. Cinco minutos más. Cajas de cartón y pies fríos en las tardes de agosto. Abrigos de piel y dinero blanco que se aspira a través de billetes de veinte. Y veinteañeros con canas y sin ganas. Cristales empañados y vísceras en una televisión.
Y no es una ciudad cualquiera.Soy parte de ella. Es parte de mí.
Encontré mujeres que cosían almas y hombres de traje con calcetines de colores. Había maniquíes tristes y me entristeció la felicidad artificial de los niños que salen en los anuncios de colegios privados. Allí convivían pacíficamente la alergia al polen y la inútil longevidad de las flores de plástico. Descubrí que el sueños y los sueños viajan en transporte público. Era una ciudad llena de miradas perdidas y de firmas ilegibles.
Ciudad de nadie y de tantos. Y de tontos. Recuerdos impregnados en asfalto, que se borran en pasos de cebra y se ahogan en buzones amarillos. Personas que te hacen reír y llorar a partes desiguales. Y amor en besos cortos y días largos con besos sin amor. Bibliotecas vacías, exámenes sin corregir. Vuelos cancelados, noches en aeropuertos. Gente que vive rápido y muere muy lentamente. Mentiras piadosas. Una ciudad cualquiera con conversaciones incómodas en los ascensores y despertadores que van adelantados. Cinco minutos más. Cajas de cartón y pies fríos en las tardes de agosto. Abrigos de piel y dinero blanco que se aspira a través de billetes de veinte. Y veinteañeros con canas y sin ganas. Cristales empañados y vísceras en una televisión.
Y no es una ciudad cualquiera.
La cristalización de las esperanzas pisadas
Las ilusiones son de cristal. Son frágiles, delicadas. Transparentes.
Y se rompen. Se rompen con facilidad, se hacen cachitos pequeños.
Una ilusión puede durar mucho tiempo en pie, pero en algún momento puede desvanecerse. Se cae, se raja, se rompe. Y en ese momento puedes hacer dos cosas: quedarte mirando o intentar pegar los trozos, pero nunca quedará igual, y será cada vez más débil, más feo, más vulnerable.
En realidad también hay otra opción, seguir adelante. Y para seguir adelante tienes que tienes que pisar los trozos de cristal. Y lo tienes que hacer descalzo.
Y se rompen. Se rompen con facilidad, se hacen cachitos pequeños.
Una ilusión puede durar mucho tiempo en pie, pero en algún momento puede desvanecerse. Se cae, se raja, se rompe. Y en ese momento puedes hacer dos cosas: quedarte mirando o intentar pegar los trozos, pero nunca quedará igual, y será cada vez más débil, más feo, más vulnerable.
En realidad también hay otra opción, seguir adelante. Y para seguir adelante tienes que tienes que pisar los trozos de cristal. Y lo tienes que hacer descalzo.
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