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Soy la escritora de mi única novela.

sábado, 26 de noviembre de 2011

viernes, 11 de noviembre de 2011

Como la niña de los fósforos

Salir a la calle, en pleno mes de enero con ese vestido que estrenaste una noche de julio que marcó el resto de tu vida. Y descalza, para sentir en los pies algo más real que el zapatito de cristal que sueles llevar cuando cierras los ojos tan fuerte que parece que se olvidan los recuerdos. Pero no se olvidan.
Y respirar. Respirar profundamente otra cosa que no sea su aliento, que llena tus pulmones y el resto de tus vísceras. Te tirita el alma. Se te empañan las pupilas. Se te escarcha el olor de su piel.
Pero nada, el corazón no se vuelve tan frío como el suyo. Es imposible, él es de hielo.
Y el fuego te consume por dentro, mientras que tu piel está a 13 grados bajo cero.
Nunca antes un estornudo fue el punto y final de una historia de amor.
Como la niña de los fósforos. Pero vendiendo cachitos de amor usado.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Epitafio de un anochecer

Y el mundo se vuelve a parar
y él, delante del espejo
se vuelve a encontrar
más loco de que atar
y un poco más viejo.

A veces se plantea huir
dejar el alma en busca y captura.
Porque le da miedo seguir
ni siquiera sabe distinguir
un roto de una ruptura.

Curando con alcohol las heridas 
anestesia para el corazón
recordó las metas cumplidas
en las tardes que creía perdidas
aunque los recuerdos pesen más que la ilusión.



Y poco después
piensa que tenía que haberse ido
ese día que no paró de llover
aquí le quedaba poco que hacer
pero morir no es una prueba de haber vivido.

Cuando ya no queda ningún dolor
y las penas que quedan se esconden
escribe su anochecer en La menor
porque a alguien se le ha caído el sol
y ahora empieza a incendiarse el horizonte.

...y además se incendia el corazón.

Entre tantas miradas



Conozco tu risa, tu sentido del humor, la manera en la que te muerdes los labios cuando estás nervioso y el leve tartamudeo después de un piropo. Conozco tu opinión sobre casi todo, conozco tu cara de vestir y la de estar por casa. Conozco tu pasión por el color rojo y tu odio a los semáforos en ámbar intermitente. Sé distinguir tu olor del de otros que lleven la misma colonia. Conozco cada poro de tu piel y cada palabra que alguna vez ha salido por tu boca. Y conozco bien tu boca. Puedo reconocer tu mirada entre otras tres mil. Conozco hasta algún que otro secreto inconfesable. E incluso conozco la canción con la que un día lloraste.

Pero no te conozco.

No tengo ni la menor idea de quién eres.

Ni de lo que soy para ti.



Conocerte es más difícil que dejar de quererte.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Punto y coma cierro paréntesis

Un giño puede cambiar el ritmo de las cosas tanto como cambia un corazón después de un “pues yo no”. Y el guiño que lo cambió todo fue el de la chica de la trenza roja. En uno de esos días en los que cualquiera tiene derecho a maldecir el transporte público, ella estaba sentada en el vagón escuchando una canción que sólo tenía 3 acordes y veinticinco frases inconexas; le gustan las cosas fáciles. Y cuando la música habla de algo parecido al amor, ella guiña el ojo al chico que, tras una barba, oculta sus ganas de llorar porque su típico amor no correspondido no ha sabido ver que es el hombre más increíblemente perfecto que existe de las estrellas para abajo. Él fuerza una sonrisa de complicidad preguntándose por qué esos ojos verdes se cierran por alguien a quien apenas conoce. Ella se levanta y se acerca mientras nota como las pupilas de su inocente víctima se dilatan en menos tiempo de lo que dura el último latido de un amante.
Las oportunidades son como los trenes; si pierdes una, pasa otra cada 4 minutos.
- ¿Quieres casarte conmigo?
- ¿Perdón?
- No tienes por qué disculparte.
- No sé de qué me hablas.
- ¿Estás intentando ligar conmigo?
- No, en absoluto.
- Pues deberías.
- Creo que me confundes con otro tipo de persona.
- ¿Eres el chico de barba a quién he guiñado el ojo en el metro?
- Sí, soy yo.
- Entonces no me estoy confundiendo.
- ¿Quién eres?
- Te quiero.
- Estás loca.
- Apuesto lo que quieres a que soy la primera loca con la que te tomarías un café.
- Esta vez has ganado, pero te advierto que en la cena del viernes haremos una apuesta que ganaré yo.
- Me muero de ganas por contemplar una segunda derrota.
- ¿Quieres verme sufrir?
- Quiero verte todos los días de mi vida.

martes, 13 de septiembre de 2011

Triscaidecafobia

Y otra vez martes 13, con sus supersticiones y sus supersticiosos, con la excusa perfecta para los torpes, con los gatos negros y los espejos rotos, con los cruces de dedos y los ojos cerrados.


Y yo aquí, con mis dudas, con mis amuletos y con mis viajes.
Y con mis trece letras...






Y ahora, la suerte está echada.

"La superstición es la religión de las mentes débiles." Edmund Burke

viernes, 2 de septiembre de 2011

Voy a contarte un secreto...

Días largos, besos guarros, se funden sin control
Encontrarnos en la azotea y bajar los 34 pisos de este hotel desgastándonos en el ascensor. 
Salir a correr sin soltarnos la mano. 
Volar
Beberme la noche en tu boca, comerme Madrid en tu piel. 
Ver amanecer desnudos en el balcón. 
Un chupito de ron.
 Allí donde os juntáis tú y los otros siete pecados capitales.
Explotar en posición vertical. 
Recordar eso que nos volvió a hacer un nudo en la garganta. Olvidarlo con los ojos cerrados, enredados como auriculares en el bolsillo.
 Y todavía sin dormir, buscar estaño para soldarnos. 
En el coche, hasta empañar el espejo retrovisor. 
Mordisco en el cuello, pelos de punta. 
Abandonarnos en la profundidad de las sábanas donde se terminan las discusiones y empieza la guerra, una guerra en la que los dos bandos salen ganando. 
Estremecerse ante una caricia en la espalda y seguir sudando hasta perder el conocimiento.

Hasta perder el conocimiento...